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Verde
Cuando el sol comenzaba a caer sobre la pálida ciudad, en un rincón, donde la sombra comenzaba a dominar a la luz y el frío viento acariciaba suavemente el pavimento, una persona, entre el millón que vivía allí, miraba fijamente las nubes desvanecerse en el cielo. El trozo de pasto donde estaba, verde, pequeño y acorralado por la vida urbana, se mecía al son de su respiración lenta y pausada, entrecortada por una tos ronca síntoma de algo mucho más terrible. Los minutos pasaban sin sentido, tan lentamente que parecía que todo se había congelado menos la suave agitación que sus latidos provocaban en el pecho. El futuro, sombrío, caía como racimos de granadas sobre sus pensamientos, mientras el pasado lo iluminaba con fugaces ideas de momentos felices, breves pero indispensables en cualquier vida, en los que nada importaba, a excepción de la persona que estaba al frente, dueña de los ojos en los que te reflejabas sonriente. Pero ahora no había reflejo. Los ojos se habían vuelto ciegos, nublados, y ya no eran capaz de mostrar nada más que una blanquecina capa de asesina melancolía. La imagen de los padres, con los ojos enrojecidos y abrazados: la familia ya no estaba ahí. La imagen de tu compañera riendo en la calle: los amigos ya no estaban ahí. La imagen de alguien sentado en un trozo de pasto. Tú ya no eres tú. Es el fin. Y el transcurso. Y quizás, nunca se sabe.. también el comienzo. (Una plaza de Hualpén, 31/01/2011, 14.15)