sticktóbal

March 3, 2011

Separarse de la especie, por algo superior

Aunque algunos se hagan los fuertes, les puedo asegurar que para nadie es facil decir adiós. Las circunstancias pueden hacerlo más díficil o más sencillo de acuerdo al grado de idiotez y odio que arrastren, pero al final, a todos se les encoge el corazón cuando se despiden de algo que quieren.

El decir chao es tan fundamental para vivir, tanto. Osea, que es de una ida perfecta al cine, una visita al doctor o una junta con amigos sin su correcta despedida, acompañado de un buen apretón de manos, un beso o un abrazo, según corresponda. Para momentos más trascendentes, como el fin de una ‘etapa’ (sea lo que ese trillado término signifique) el adiós se hace tan imprescindible como doloroso.

Uno puede prepararse semanas para ese momento, ese instante de despegue, o puede ser imprevisto como un guiño, un latido, o un poco de saliva tragada en un momento de nerviosismo. Que importa a estas alturas. Las interminables sorpresas de la existencia, que no están ahí por que alguien las haya puesto, que no suceden “por algo”, que solo pasan y te chocan como un auto, como una pelota de basketball, como una cachetada merecida que deja ardiendo la zona unos minutos para remarcar tu error, tu falta, tu ausencia.

Y mira tú, aquí uno dandole vueltas a un asunto tan simple como estar o no, quedarse o irse, stay or go (should i?). Ni siquiera es necesario pensarlo mucho cuando no depende de tí el resultado, como cuando te dicen “¿2+2?” y tu respondes “4” de forma mecánica porque el resultado depende de la aritmética, de dos manzanas y dos manzanas, que son cuatro y no cinco ni ocho ni catorce dependiendo de tus intenciones, porque al fin por más que tu quieras dos y dos jamás dejará de ser cuatro.

Jamás.