sticktóbal
24 horas y dos gotas de endulzante
Por la noche, cuando la niebla arrecia, ingresa de forma invisible, invencible, irascible, por las rejillas de ventilación de las casas y es respirada sin control por las personas que, iracundas, ininteligibles, soñadoras, descansan sobre un pedazo de colchón, de sillón, de piso.
Por las mañanas, cuando abres los ojos por primera vez y buscar alrededor alguien, algo, alguien, preciso momento en el cual te pierdes en el cielo azul o blanco, naranjo o celeste, tratando de recordar cual fue la posición que tenías cuando despertaste, tratando de cerrar los ojos y volver a dormir, o al menos hacer así que todo se calle, que todo emprenda vuelo y podamos, los dos, no, los dos solos no podemos, encontrarle la solución a este entredicho pequeño, insignificante, traidor que de a poco acabará contigo, con el vecino, con la casa, la niebla, la plaza, las nubes, el cielo, el atardecer, el paseo, las manos, el abrazo, la mirada, los ojos.
Por las tardes, cuando vas por la ciudad, llena, vacía, escribiendo algo que en unos años más no tendrá sentido, no lo tiene, garabateando en un papel ‘you are’, diciendo yo, yo sí puedo, los jovenes no maduran, los adultos no entienden, los viejos se mueren, no puedo. Click, silencio.